Contexto, Propaganda y Realidad

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Juan Carlos Tomasi
Texto: Ramón Lobo

Estados Unidos y sus aliados se van de Afganist√°n, tras veinte a√Īos de guerra, sin modificar la vida de sus habitantes. La mayor√≠a siguen atrapados en un ciclo de pobreza, desesperanza y violencia, el mismo que hab√≠a antes de la llegada de los ¬ęsalvadores¬Ľ. Falt√≥ conocer la historia de un pa√≠s indomable y preguntar a las personas que la protagonizan antes de definir el contexto y establecer las prioridades.

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Occidente decidi√≥ que el burka, prenda tradicional que cubre por completo el cuerpo y el rostro de las mujeres afganas, era el centro del combate entre tradici√≥n y modernidad. Sobre √©l levant√≥ su narrativa de la liberaci√≥n de Afganist√°n. El objetivo era emancipar a las mujeres, ofrecerles un rostro, el derecho a la visibilidad. Veinte a√Īos despu√©s, nada ha cambiado, excepto en zonas de Kabul y Mazar-i-Sharif. El fracaso es rotundo.

© Juan Carlos Tomasi

Nunca entendimos que el problema no es la vestidura, sino los motivos por los que las mujeres la usan y las dificultades que enfrentan para quit√°rsela en una sociedad rural, machista y tribal. Para suprimir los efectos, hay que trabajar sobre las causas.
Si no se reescribe la partitura, nunca cambia la m√ļsica. El progreso sostenido se mueve en las peque√Īas cosas. La verdadera lucha est√° en los cent√≠metros, mientras que la propaganda promete kil√≥metros que nunca llegan.

Conoc√≠ a un cirujano afgano de M√©dicos Sin Fronteras (MSF) destinado en Nigeria. Hablamos de su pa√≠s, no de √Āfrica. A√ļn estaba enfadado porque en un Congreso en Par√≠s, del que acababa de regresar, le hab√≠an preguntado por ¬ęla prenda extra√Īa que visten las mujeres afganas¬Ľ. Dijo que, para √©l, lo extra√Īo eran los pantalones vaqueros, porque hab√≠a crecido en un ambiente familiar en el que todas las mujeres llevaban el burka fuera de casa.

© Juan Carlos Tomasi

El cirujano se quedó en su puesto en el hospital de Kabul cuando los talibanes tomaron el poder, el 27 de septiembre de 1996. Al cabo de un tiempo, llegó un alto jefe talibán con su mujer enferma. El cirujano le informó de que debía auscultarla, ver partes de su cuerpo para determinar la dolencia y decidir la solución. El gran jefe se negó enfadado, exigió una mujer.

El cirujano le dijo que ten√≠an un problema, porque las mujeres afganas rara vez llegaban a la universidad y que ahora, con ellos en el Gobierno, ni siquiera estudiaban secundaria. ¬ęNo podemos esperar a que una ni√Īa supere los obst√°culos y termine Medicina, porque, antes de que eso suceda, su mujer habr√° muerto¬Ľ. El jefe talib√°n pregunt√≥ entonces por las doctoras extranjeras. El cirujano le replic√≥ que, con lo que pagaban, ninguna m√©dica procedente de pa√≠ses musulmanes hab√≠a querido ir a Afganist√°n. ¬ęSoy la √ļnica opci√≥n para que su mujer sobreviva¬Ľ.

© Juan Carlos Tomasi

Tras pensarlo un largo rato, el jefe talib√°n consinti√≥ que viera el cuerpo de su esposa, y m√°s tarde que lo tocara durante la intervenci√≥n quir√ļrgica. La mujer se salv√≥. S√≥lo ten√≠a apendicitis, me dijo el cirujano gui√Ī√°ndome un ojo. Estaba convencido de que esa experiencia hab√≠a sembrado en aquel hombre una duda m√°s poderosa que las bombas. Esas dudas son las que mueven la historia cent√≠metro a cent√≠metro.

En la monta√Īa de la televisi√≥n de Kabul, que separa la ciudad vieja de la nueva, casi todos los ni√Īos quer√≠an ser m√©dicos en 2009. Pregunt√© la raz√≥n. Me comentaron que ve√≠an una serie de televisi√≥n india sobre hospitales. No s√≥lo es una profesi√≥n que ayuda a los dem√°s, es tambi√©n un trabajo que garantiza estatus. El candidato en las elecciones presidenciales de ese a√Īo, Ramazan Bashardost, me dijo, sentado en su tienda situada frente al Parlamento: ¬ęHan mandado todo lo que nos sobra, armas, bombas y soldados; hubiera sido m√°s inteligente enviar series de televisi√≥n¬Ľ.

Bunia era el culo del mundo en junio de 2003. Las grandes cadenas de televisi√≥n y la atenci√≥n pol√≠tica estaban concentradas en Irak, reci√©n invadido por Estados Unidos. Sadam Husein a√ļn segu√≠a escondido en un zulo excavado en una granja de Tikrit, su aldea natal. Nadie miraba a esta esquina del Congo, al norte de los Kivus y cerca de Uganda y Sud√°n, en la que dos tribus ‚ÄĒlos hemas (ganaderos) y los lendus (agricultores)‚ÄĒ repet√≠an a peque√Īa escala el odio y las matanzas que acabaron en 1996 con cerca de 800.000 tutsis y hutus moderados en Ruanda.

© Juan Carlos Tomasi

Una Francia distanciada de la partida que se desarrollaba en Oriente Pr√≥ximo decidi√≥ enviar tropas bajo el paraguas de la Uni√≥n Europea. El objetivo declarado era apoyar a un peque√Īo destacamento de cascos azules de la ONU, la mayor√≠a uruguayos, sin apenas medios para imponer la paz ni para defenderse de los ataques. Esa repentina occidentalizaci√≥n de un conflicto lejano ayud√≥ a que mis jefes de El Pa√≠s, peri√≥dico en el que trabajaba entonces, entendieran la urgencia de cubrir la noticia.

No era mi primera misi√≥n con Juan Carlos Tomasi, ni ser√≠a la √ļltima, algunas dentro de la estructura de MSF, como la de Somalia en 2007, y otras fuera, apoy√°ndonos en su experiencia y presencia en el terreno para realizar el trabajo. Llegamos a Uganda, puerta log√≠stica de entrada a Bunia, con la prisa de los que sienten que llegan tarde a una cita. Los militares franceses y los aviones de transporte de la ONU no met√≠an periodistas.

Mi √ļnica opci√≥n era convencer al responsable de MSF en Kampala. Tras un tiempo que se hizo eterno y un par de llamadas, me acept√≥ a bordo para volar al d√≠a siguiente. S√≥lo puso dos condiciones, que inclu√≠an a Tomasi: ¬ęEn cuanto lleguemos, os baj√°is de la avioneta y no os conozco; c√≥mo llegar a la ciudad ser√° asunto vuestro y, si la cosa se pusiera jodida, no os sacar√©¬Ľ. Aceptamos movidos por la inconsciencia y la esperanza de que no nos dejar√≠a colgados despu√©s de evacuar a todo el personal de MSF.

© Juan Carlos Tomasi

En el aeropuerto de Kampala, nos recibi√≥ un piloto que parec√≠a sacado de una sesi√≥n de rayos UVA, con la camisa estrecha y pelo abundante. No me caus√≥ la mejor impresi√≥n. Antes de despegar, explic√≥ que el aterrizaje ser√≠a en picado por razones de seguridad y que le avis√°ramos de inmediato si nos sent√≠amos mal, para suavizarlo un poco. Tomasi empez√≥ a presumir de un aterrizaje violento en Angola, lo cual me pareci√≥ una p√©sima idea. No era el momento de provocar a un tipo que ten√≠a nuestras vidas en sus manos. Tras sobrevolar unos lagos hermos√≠simos que serv√≠an de frontera entre Uganda y Rep√ļblica Democr√°tica del Congo, divisamos varias aldeas destruidas y una pista lejana.

El piloto se lanzó sobre ella con tal violencia que me fue imposible emitir una queja. Tenía todo el cuerpo al revés, la lengua descontrolada, los ojos fuera de las órbitas y un gran dolor de cabeza. En ese momento hubiese matado a Tomasi. Tras tomar tierra con la suavidad de un Boeing 747, recogimos los bultos y empezamos la tarea de buscarnos la vida. Hubo suerte, porque acababa de llegar un avión de la ONU con jefe a bordo que sirvió de efecto llamada a unos pocos periodistas. Bajamos en la trasera de una pick-up de Associated Press. Dormimos la primera noche al raso en el cuartel de los cascos azules. En las siguientes, logramos unas habitaciones espartanas en una misión de los Padres Blancos. Trabajamos mucho durante días para informar de la situación.

MSF ten√≠a un hospital de campa√Īa a mitad de camino entre la ciudad y el aeropuerto, al lado de otras organizaciones humanitarias y de un gran campamento de desplazados. En √©l operaba durante horas un cirujano napolitano con la cabeza rapada llamado Vincenzo Poleze. Al verle un d√≠a sentado en el exterior, exhausto sobre un banco herrumbroso, ba√Īado en sudor y fumando, le dije a Tomasi: ¬ęJuan Carlos, ese t√≠o tiene una historia¬Ľ. Me pareci√≥ la personificaci√≥n del h√©roe invisible, una persona que acumulaba todas sus vacaciones y d√≠as libres para ejercer su labor en un lugar olvidado. Era alguien que representaba a otros miles de trabajadores y voluntarios sin derecho a foto y texto que nos hacen mejores como sociedad.

© Juan Carlos Tomasi

Cuando escucho las quejas por las restricciones de botell√≥n y movimiento durante la pandemia de COVID-19, o la pereza por llevar mascarilla, pienso en la gente imprescindible que se entrega, lucha y ayuda, y en los millones a los que la loter√≠a de la vida reparti√≥ mala suerte sin derecho a alimento, seguridad f√≠sica y justicia. Y en los que se ahogan en el Mediterr√°neo y en el Atl√°ntico, los que nunca alcanzan al sue√Īo americano o mueren en guerras lejanas bajo nuestras bombas made in Occidente.

Es una suerte y un privilegio tener un trabajo como el de Juan Carlos Tomasi en MSF. Le permite documentar el dolor y la esperanza, poner rostros y nombres a los invisibles, descubrirnos sus historias para que nadie en nuestro mundo de tres comidas diarias calientes, agua potable y series de televisi√≥n de pago pueda decir ¬ęno lo sab√≠a¬Ľ. Es una suerte y un privilegio conocer a cientos de Vincenzos, hombres y mujeres, locales y expatriados, que dignifican la humanidad. Gracias por tanto, compa√Īeros.

 

 


Acerca del Autor:

Juan Carlos Tomasi, 1959, Periodista y fotógrafo. Barcelonés, nacido en Madrid. Su cámara ha plasmado imágenes en una amplia gama de escenarios y momentos históricos en todo el mundo. Desde los desplazados del Congo y Ruanda hasta las víctimas de la guerra de los Balcanes, desde los numerosos desastres naturales hasta las coberturas humanitarias en grandes epidemias, ha tratado de buscar, desde el otro lado de la información diaria, historias de vidas que dignificaran y dieran el protagonismo a las víctimas. Comenzó como periodista deportivo, y trabajó en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Pero su carrera experimentó un giro radical para centrarse en la cobertura de conflictos y el periodismo humanitario. Ha sido productor y realizador para varios medios internacionales.

Desde 1995 es fot√≥grafo y reportero de la organizaci√≥n humanitaria internacional M√©dicos Sin Fronteras. Su mirada ha contribuido a compartir con el p√ļblico casi todos los conflictos olvidados del mundo durante los √ļltimos veinticinco a√Īos, trabajando para medios como El Pa√≠s, La Vanguardia, El Peri√≥dico, The Independient‚Ķ Tambi√©n colabora con otras organizaciones de ayuda internacional para difundir las consecuencias de los desastres humanitarios y del cambio clim√°tico. Ha publicado varios libros y ha exhibido su trabajo en muchas ciudades del mundo.

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Libro en Blume.net

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