Cartagena / El sobrino de Don José

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Por Maglio Pérez

Al hacer fotografías, lo más importante es el vínculo. Es en ese instante de soledad, cuando quedamos al desnudo, cuando surgen las imágenes.

Son momentos de una generosidad abismante. Instantes en que las personas se despojan de sus temores y te entregan su historia a través de, probablemente, un guion aprendido. Sin embargo, basta hacer click para que capturar un pedazo de historia honesta. Eso es lo más valioso y gratificante de este oficio de caminante solitario que captura la luz para convertirla en algo tangible, y traer la memoria al presente.

© Maglio Pérez

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Al caminar por las calles olvidadas de Cartagena, miro y me detengo, sufro y soy feliz porque aquí están mis raíces, mis recuerdos de infancia y los días de inocencia, mis caminatas en búsqueda de un rumbo. Este es el gran pueblo que dejó en mí las huellas que estampo en imágenes.

Mi caminar no busca un balneario llamado Cartagena. Me busca a mí mismo, convencido de que el solitario que camina inmerso en esos silencios que abruman, encuentra aquel espíritu perdido que dejó de sentir, de mirar y llorar. La felicidad, va necesariamente acompañada de una tristeza que puede traducirse en melancolía y nostalgia.

Quizás por eso Cartagena está plagada de poetas. Al caminar sus calles recorro su pasado glorioso, escuchando conversaciones sobre lo que fue: años de cultura viva, cuando el país paría intelecto y bohemia. Fue en 1945 cuando Manuel Pérez llegó a este lugar.

Elisa y José, sus hijos pequeños, echaron raíces. Elisa, a punta de sacrificio, mantenía su casa ubicada en una quebrada de eucaliptus y alcayotas dando pensión a los afuerinos. Un espacio en el que tantas veces jugamos cartas tomando el famoso engüindao de la tía.

José, en cambio, arrendaba su casa a los veraneantes. Con el tiempo construyó una más pequeña, detrás de la casa principal, donde llegaba con mis papás y mis abuelos. Extraño esas tertulias, esas conversaciones llenas de historias.

© Maglio Pérez

José, era activo, independiente y divertido, vivía a velocidad turbo. A todos nos ponía sobrenombres: Las taco alto, las tres cocos, mi ratoncito, Lucífera, Lucifaifa, la eléctrica, la escalofriante. Le gustaba el cine y la música, y nos contaba sobre las historias que publicaban las revistas de sus tiempos: Ecran, Vea, entre tantas otras. En esos años en que Don José suspiraba por Libertad Lamarque, no había televisión.

El tío José fue muy importante en mi relación con Cartagena y la vida, me enseñó a usar el martillo, el serrucho, y a bailar tango a los nueve años. Recuerdo aquel 3 de marzo de 1985. Estábamos en la casa grande viendo una película protagonizada por un joven John Wayne, mientras el tío nos contaba con voz apasionada detalles de la filmación. Cómo olvidar la escena en que el señor Wayne luchaba con un pulpo mecánico. No sé cuántos millones había costado el pulpo, porque entonces, en la mitad de su relato, la tierra despertó y la casa pensamos que se iba a despegar del suelo. La puerta se abrió y algunos corrieron al patio, mientras otros nos quedamos viendo cómo John acababa con el pulpo, hasta que el terremoto del 85’ nos dejó sin televisor.

Después de años en 1993, me reencontré con una Cartagena que volvió a mi vida entre olas y espuma.

El reencuentro fue como detener el tiempo mientras la noche avanzaba en medio de un viento frío que me iba mostrando un sin número de caminos que me transportaban a un mundo anterior. Observo cada rincón, y cómo surgen las imágenes. Me detengo, no se trata sólo de observar, es segmentar, obturar, capturar realidades infinitas llenas de armonía y simpleza. Cartagena es mi primera playa. Ahí están las olas de mis sueños.

Amanece y el sol ilumina aquellos rincones que susurran desesperanza. Y mi Cartagena se me presenta como una ciudad gastada por el tiempo. Abandonada por aquellos hombres que la dejaron a su suerte.

Sigo con cautela. Me encuentro con personas que ocultan sus rostros y sus almas. Pero a poco andar me doy cuenta de que no hay rechazo al forastero, y que la curiosidad le va ganando a la cautela hasta que los habitantes de Cartagena se acercan a conversar.

Durante mucho tiempo y luego de esas primeras tomas no quise volver. Entonces no tuve la valentía para decir “terminé este trabajo”. Pero la memoria es más fuerte y en 2007 regresé, pero fue hasta el 2017 que sentí que ya una etapa había terminado.

Cartagena está dormida, abandonada a su suerte. Por sus calles transitan los espíritus de quienes en su momento le dieron vida. Si hay suerte aparecerá un personaje sacado de una novela que te contará la historia del auge y caída de este balneario. De cómo la llegada del ferrocarril en vez de traer prosperidad trajo hordas de nuevos turistas que no tuvieron piedad con su belleza ni su historia, dejándola en un estado en que sólo un milagro podría cambiar.

La historia juzgara a sus autoridades y cómo su falta de visión la dejó caer. Nosotros los que la queremos bien, seguiremos en la esperanza de un cambio, mientras el viento costero recorre sus espacios dibujando las formas de la Cartagena de Don José.

 


Acerca del Autor:

Formado como fotógrafo profesional en el Instituto Superior de Artes y Comunicación (ARCOS). Pérez Urbina se ha desempeñado como docente en los institutos ALPES y ARCOS, además de haber sido fotógrafo para una serie de medios de comunicación tanto en Chile como en el extranjero, entre los cuales destacan la desaparecida revista APSI, Qué Pasa, Diario El Metropolitano, Agencia Reuters, AP, Efe y en los Angeles Times. En República Dominicana, fue editor fotográfico para el periódico El Caribe y Diario Libre.

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© 2019 Caption Magazine. ISSN 0716-0879