Javier Arcenillas

En plena ruta hacia el norte de la droga y la trata de personas, Centroamérica es la nueva zona de guerra para el crimen organizado. Algunos pistoleros llegan del ejército y la policía; otros, de la pobreza y la desigualdad que sufre el continente.

El temido oficio de sicario tiene una alta demanda en ciertas regiones de Latinoamérica.

A pesar de que sus ingresos son variables, el sicariato en Guatemala, El Salvador, Honduras y México está reclutando a innumerables jóvenes, incluso menores de edad, que son seducidos por la facilidad de ganarse un dinero que les ofrezca respeto y temor. En su proceso de formación asesina los jóvenes provenientes de los estratos más consumidos de la sociedad empiezan matando perros y animales de compañía para soltarse todos sus nervios.

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En la profesionalización de la materia para “graduarse” los sicarios aleccionados en la escuela de las zonas más complejas y desamparadas de las capitales latinas, han de asesinar a una persona con la condición de que la situación implique riesgo. Un ejemplo de la sátira en el Sicariato se demuestra en otra de sus pruebas. Una vez que ha dado muerte a su objetivo el asesino tiene que asistir al entierro de la víctima para constatar que nadie lo miró cometiendo el crimen. Cumplido con eso el sujeto se convierte en un sicario profesional.

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En la actualidad, en las zonas más afectadas estos jóvenes asesinos sin escrúpulos se ganan ese respeto intimidando a conductores de bus y al pequeño comercio donde su lenguaje de muerte es oído desde cualquier cuadra de las ciudades más grandes. Mientras los sicarios más experimentados venden su tiempo y profesionalidad a los más famosos grupos de narcotraficantes colombianos o mexicanos en permanente guerra abierta por el control de las fronteras para su tráfico de drogas o inmigración ilegal.

En los últimos años se han producido cerca de 21.000 asesinatos en manos de sicarios en América Latina. Ajustes de cuentas, narcotráfico, inmigración o drogas son las empresas donde los servicios especializados del terror ofrecen sus pistolas, nervios y vidas, ya que la edad media de un joven sicario de las zonas más excluidas no suele pasar de los 27 años.

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Desafío Personal

Llevo documentando la violencia ya diez años donde he visto de todo. Empecé el proyecto “Sicarios” mientras me encontraba trabajando en un modesto diario, “El periódico de Guatemala”, en el cual pude incorporarme gracias a varios amigos fotógrafos que dirigían la sección gráfica. En la dinámica del diario se contaba con la realización de diversos temas, Política, Sociedad, Vida Diaria y Sucesos. Sin ser un diario de tirada amarillista pude ver como eran asesinadas decenas de personas semanalmente. Esto era algo que me contrariaba pues no sabía exactamente muchos de los motivos que implicaban esa violencia. En un arrebato de lógica periodística y consultando con la dirección del medio y con mis compañeros decidí realizar temas de investigación sobre varios asesinatos producidos por Sicariato. Todo ello me llevó a conocer un mundo de violencia y muerte que jamás hubiese pensado que se desarrollaría de tal forma y mucho menos ante mi cámara.

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El primer contacto con uno de ellos se produjo casi tres meses después de empezar a realizar mis primeras notas rojas (la nota roja es una información donde hay un puerto con violencia). Gracias a uno de mis fixers que trabajaba con el periódico me puso en contacto con un grupo de Sicarios que vivían en las proximidades de la zona 5 de Guatemala Ciudad. Lo que me encontré fueron jóvenes y adolescentes con armas que accedieron a hablar conmigo junto a unas pizzas y una botella de tequila. Con algo tan simple estuve semanas documentándoles y conociéndoles. Gracias a ellos y a otros compañeros de profesión que me presentaron en los años venideros a varios escalafones en la cadena de asesinos profesionales, desde soldados que trabajan en cárteles a instructores de cuerpos de seguridad que matan, desde exmilitares a simples chacales.

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Contar la historia de los Sicarios me marcó bastante, es difícil de explicar. Estamos hablando de asesinos profesionales, personajes que reconocen “abiertamente” que su cometido en la sociedad es quitar la vida de una persona. En una conversación, uno de ellos me habló sobre los verdaderos responsables de cada muerte, me dijo textualmente: “¡Tú crees que yo soy el asesino pero eso no es verdad, yo sólo soy la herramienta, el “pendejo” que me paga es el verdadero asesino!” Esa afirmación tan platónica me hizo pensar mucho en mi trabajo y en cómo lo estaba contando, me hizo reflexionar de una manera menos frívola todo aquello que estaba fotografiando en ese momento. Me di cuenta que estos asesinos son el producto de una sociedad atormentada y compleja que necesita mucha ayuda para salir de su propia oscuridad.

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Acerca del Autor:

Fotógrafo y editor, Javier Arcenillas es Licenciado en Psicología Evolutiva por la Universidad Complutense. Estudió Cine en la escuela de cine de Madrid, titulándose en Cinematografía y Realización; y fotografía con Fernando Herráez y Manuel Sonseca.

Su fotografía pertenece a la corriente del Documentalismo Emocional donde explora la Psico-Sociologia en los conceptos de Verdad y Relatividad. Trabaja colaborando en sus inicios para Marca y periódicos locales.

Formó parte de la plantilla en la segunda época de Diario 16 y fue integrante de la desaparecida agencia COVER. Publica de forma periódica con El País y El Mundo, El Periódico de Guatemala, Gatopardo, CNN o L´expresso. Desde el año 94 trabaja como fotógrafo del Ayuntamiento de Alcobendas. Actualmente es profesor titular de Paisaje Contemporáneo, Arquitectura y fotografía documental de la escuela PICA.

Equipo Utilizado:

Cámara: Canon EOS 5D Mark II

Sitios Web:

javierarcenillas.com

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