Álvaro de la Fuente: 45 Días

Álvaro de la Fuente: 45 Días

Crónica de un accidente

El viernes 11 de septiembre del 2015 a las 16 hrs. en punto choqué en mi moto. Afortunadamente el accidente fue a menos de una cuadra del hospital Posta Central.

La sabiduría popular separa en dos a las personas que andan en moto: Los que ya se han caído y los que se van a caer.
La tarde del viernes once de septiembre del dos mil quince pasé de una categoría a la otra.
Lo que vino luego fue una serie de cirugías y una estadía de cuarenta y cinco días en la Posta Central compartiendo habitación con otros como yo: caídos, asaltados, chocados, atropellados, fracturados.
Despierto luego de un primer fin de semana entrando y saliendo del quirófano, miro las fotos en mi celular y no puedo creer lo que me ha pasado. Miro la foto de mi pierna quebrada, desangrándose en la calle y lloro. Pienso en todas las cosas que no he hecho hasta ese momento y que, según yo, ya no voy a poder hacer: tocar la batería, jugar a la pelota con mi hijo, salir a correr. Y sigo llorando.
Los primeros días son duros, tristes y confusos.
Setenta y dos horas me dicen. Isquemia crítica y Bypass Poplíteo me dicen. Si en estos tres días la arteria no funciona, amputamos la pierna me dicen.
A mi alrededor hay otros cinco enfermos. Todos estamos asustados y apenas hablamos.
Mientras los otros comen con ahínco yo vomito apenas siento la jalea en mis labios. Las drogas me mantienen en un sopor desagradable. Se escucha el gorjeo incesante de la máquina conectada al interior de uno de ellos y me duele todo.
Vienen doctores, enfermeras, tens, cirujanos, anestesistas, practicantes, la policía y una psicóloga.
Al cuarto día empiezo a sacar las primeras fotos con el celular. La cámara es como un escudo, un lugar en el que me puedo refugiar del dolor y con el que puedo tomar distancia de mi cuerpo.
Al principio me retan. Me dicen que es ilegal. Me muestran los carteles que lo indican.
Pero a medida que va pasando el tiempo y nos vamos conociendo ya nadie me dice nada.
Al contrario, me piden fotos o miran y comentan mi web mientras aserruchan mi pierna o me introducen a martillazos un clavo endomedular de veinticuatro centímetros.
Los días pasan lento en la habitación cuatro doce. Todos iguales menos los domingos que hay arroz con pollo asado al almuerzo. Las habitaciones son estrechas y no hay privacidad.
Si quieres estar un rato a solas o necesitas llorar o tener una conversación telefónica privada simplemente te tapas con la frazada. Si quieres ir al baño, tienes que pedir “el pato” o “la chata” según sea el caso. Y bueno, lo haces ahí mismo, en tu cama frente a todos. Y si vas a hacer del dos simplemente avisas que vas a “chatear” y todos sacan automáticamente el desodorante en spray de su velador y lo esparcen en el aire, entre divertidos y avergonzados.
Es otro día más en La Posta.
La Posta es como un pueblo chico donde corren las historias y después de dos semanas ya se empieza a sentir como un hogar: El Mati se cartea con una chica de la cuatro diez a la que le cayó un árbol encima mientras su novio la dejaba; El Carita e Palta se farreó la última oportunidad que le dieron en su casa y ya no lo quieren recibir de vuelta; Don Roberto no tiene a nadie y con los dos brazos quebrados ni siquiera puede abrir la puerta de su casa; El colombiano que cruza droga por el desierto nos muestra las cicatrices de las siete balas que tiene alojadas en el cuerpo; El pobre José de diecisiete, que soñaba con entrar a la aviación y ahora con la pierna quebrada llora su mala suerte; Don Esteban que a los noventa y dos años se cayó del techo de su casa y con una cadera rota en la cama cuatro hace ejercicios de madrugada; El gigantón que cayó del techo vidriado del Mercado Central encima de la mesa de unos turistas gringos y trajo de contrabando unas clonas que desataron una noche de sangre y horror.
Anoche una paciente psiquiátrica de la cuatro diez se descompensó y nos despertamos con sus gritos. Se había arrancado las vías y gritaba de pie sobre su camilla mientras la sangre corría por su cuerpo.
Traen a un herido desde la cárcel a la cuatro once. Le enterraron una lanza en el pecho y sobrevive de milagro engrillado a la camilla.
En la noche, los gendarmes se ubican justo afuera de nuestra habitación, que es la última del piso frente a la escalera de emergencia, a escuchar música, fumar y conversar. El problema es que a nuestra puerta le falta una ventana, así que entra todo el ruido y el humo.
Don Roberto tiene los dos brazos y manos quebradas y es el único de la habitación que puede levantarse e ir al baño, cosa de la que se jacta, sin embargo también es el único que no puede limpiarse el culo, cosa de la que nos jactamos nosotros.
Tenemos grandes conversaciones. Sobre todo en las noches.
Las camas se mueven, las ventanas se golpean, las luces parpadean. Es terremoto en el norte justo cuando comienzan los festejos del dieciocho. Un enfermero entra en la habitación y nos dice que estemos tranquilos (que no lo estamos) y que todo aquel que pueda caminar (que no podemos), evacúe el edificio por sus propios medios.
Pasamos varias horas de incertidumbre hasta que el hermano del Mati de la cama cinco entra de contrabando por la escalera de emergencia con un pollo asado con papas fritas que compartimos felices.
Antes de salir de la Posta, hacemos un grupo de wasap con los compañeritos de habitación para seguir en contacto una vez fuera.
Siniestrados le ponemos al grupo.
Nos juntamos una tarde después de la Kine en el parque San Borja a un par de cuadras de la Posta. Algunos en silla de ruedas otros con bastones. Todos nos sentimos raros volviendo de a poco al mundo de los sanos. Pero ahí, en esos pasillos, en esas camillas, escuchando los gritos de los compañeros, compartiendo los dolores, los miedos, las recuperaciones, volvemos a sentirnos en casa, aunque sea por accidente.


Acerca del autor:

Álvaro de la Fuente
Fotógrafo profesional desde 1996 y se ha especializado en el retrato y el reportaje. Su trabajo ha sido publicado en una gran cantidad de medios chilenos y extranjeros. Ha colaborado también con editoriales, empresas e instituciones públicas y privadas desarrollando proyectos artísticos, comerciales y corporativos. Fue profesor en materias relativas al retrato y la iluminación en fotografía y formó parte del equipo fundador de la Agencia de Fotografía Triple y de la galería Taller Huelen, donde se impulsó la exhibición y venta de más de 600 fotografías de 50 autores. Es también creador y realizador del proyecto escritoresindigenas.cl un espacio único para el registro y la difusión de autores pertenecientes a los pueblos originarios.

IG: delafuente.foto

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© 2019 Caption Magazine. ISSN 0716-0879