Sasha Asensio

Sasha Asensio

Por Nacho Izquierdo

Sasha Asensio inició su carrera fotográfica a los 17 años, influenciado por su padre, el pintor Eduardo Asensio. Su obra explora la ambigüedad y lo desconocido, combinando fragmentos, contradicciones y elementos ocultos para cuestionar los límites de lo aceptado y buscar nuevos significados.

¿Qué buscas en una persona cuando decides fotografiarla?
En realidad no busco nada concreto: entiendo la fotografía como riesgo y desafío. Riesgo, porque implica ir siempre más lejos y no quedarme sentado en el sofá esperando a que algo pase. Desafío, porque cuestiona el relato impuesto y abre la caja. Dentro de ese riesgo, lo que persigo es el bagaje vital de una persona a través de su mirada y de su cuerpo: una cicatriz, la forma de sostener un cigarro, una mirada que ya ha visto cosas y que es capaz de contarlas. Me interesan las personas con pasado y con personalidad propia, las que no posan para nadie porque ya llevan su presencia puesta de antemano. Da igual que sea en Barcelona, Nápoles, Los Ángeles, Sevilla, Madrid o Gijón: hay miradas que cuentan algo y miradas que no. Que la pieza pese más que el discurso es para mí capital: no necesito una serie ni un manual de instrucciones para explicar por qué una foto emociona. Lo que de verdad funciona es lo que emociona antes de explicarse.

¿Hasta qué punto fotografiar a alguien significa establecer una relación con esa persona?
Muchas veces digo y pienso: no tengo familia ni amigos, tengo a las personas que retrato. Con eso ya se adivina la dimensión de la cercanía. Al final nos hacemos un bien común: una charla, un rato agradable, sentirnos menos solos y acompañarnos en este viaje. Luego vienen los retratos, las fotos. Un ritual, una alquimia.

¿Puede una fotografía cambiar la manera en que miramos a alguien fuera de ciertos cánones?
Es una oportunidad para salir de la jaula de la narrativa dominante y ampliar, educar la mirada. Situarnos en un plano horizontal, de tú a tú, en vez de la lejanía vertical con la que solemos mirar al que consideramos distinto. Evitar la condescendencia tan habitual que discrimina sin que nos demos cuenta.

Desde la improvisación siempre sale algo más honesto. ¿Qué encuentras ahí que no consigues preparando demasiado?
La vida muchas veces es con quién te encuentras, y eso tiene su magia. La improvisación me gusta porque es más fresca, fugaz y divertida. Salgo a la calle cada día –y lo que surja– eso me motiva mucho. Ese instante no se fabrica, sólo hay que estar atento para no dejarlo pasar.

El Raval, Polígono Sur o Skid Row cargan con prejuicios enormes. ¿Cómo se fotografía eso sin reproducirlos?
Mis retratos se sostienen sobre tres capas: la belleza, la ternura y la tragedia. Cuando entiendes y sientes esas tres capas a la vez, el prejuicio queda lejos, muy lejos. Hay que evitar y huir de la anécdota; yo intento que ninguna de las tres capas se coma a las otras dos.

¿Qué te interesa de aquello que otros prefieren no mirar?
Fotografías lo que lees, fotografías lo que eres. Muchos retratos forman parte, consciente o inconscientemente, de esa realidad y esa fantasía que llevo en la mente y en el corazón. Nunca me interesó retratar el romance de un verano; me interesa más la cara B.

¿Fotografiar determinadas realidades es ya una forma de posicionarse?
Claro. Me considero disidente frente al neopuritanismo estético actual. Estamos invadidos por una falsa estética que nada tiene que ver con la vida real de los barrios, y que además el algoritmo y las instituciones celebran para dar a entender que todo va bien. Es una superficie que sustituye a la realidad. La imperfección es perfección, es un eco humano sin barnices.

¿De dónde nace la necesidad de dialogar con la historia del arte desde objetos encontrados en la calle?
La calle y el museo no están tan lejos. Cuando pongo un colchón tirado en diálogo con Caravaggio, no es un chiste: la composición y la dignidad de una escena no dependen del material, dependen de cómo la mires. La pintura clásica me enseñó a construir la luz. Devolvérsela a algo que la calle ha desechado es recordar que lo residual también aguanta una buena composición.

¿Dónde encuentra su lugar una fotografía: pantalla, libro, exposición o calle?
Todos los soportes son interesantes, pero exponer en gran formato me interesa mucho más. El relato sensorial es muy potente: ver una exposición que te emocione puede ser una experiencia inolvidable, y eso ya es mucho. La fotografía necesita cuerpo y escala para que el espectador deje de mirarla y empiece a estar dentro de ella.

¿Buscas la dimensión universal al empezar un proyecto o aparece al editar?
El acto de retratar es lo que busco; todo lo demás viene después. Cuando disparo pienso en una persona concreta, en un barrio concreto, no en un concepto. Es al revisar el material, al ver qué se repite entre Gijón y Nápoles, entre un chaval del espigón de Poniente y un vecino del Raval, cuando aparecen esos temas —pertenencia, deseo, exclusión, dignidad— que no había buscado a propósito. Lo concreto, bien mirado, acaba filtrando lo universal solo.

Fujifilm GFX100S y GF80mmF1.7 R WR en retrato callejero, formato medio, óptica fija, luz natural. ¿Qué te aporta?
Me aporta mucho. Este formato es una ventana abierta a otra dimensión de la imagen. No es casualidad que Diane Arbus, por consejo de Lisette Model, abandonara el 35mm por el formato medio: ese cambio de cuadrado, de peso, de ritmo, transforma la relación con quien tienes delante, y a mí me pasa lo mismo con la GFX100S. El formato medio baja el ritmo, y bajar el ritmo en la calle ya es útil por sí mismo. No puedes disparar en ráfaga esperando acertar; decides el instante antes de que pase, lo que te obliga a mirar más. La óptica fija a f/1.7 da esa separación de fondo y esa calidad de luz que recuerda al claroscuro sin montar un estudio.
Trabajar sólo con luz natural significa que la luz la busco yo, no la creo; eso deja sólo la cámara, la luz que ya existe y la persona delante. No tengo estudio, el estudio soy donde voy o estoy.

Sin proyecto en mente, ¿qué tendría que suceder para que vuelvas a levantar la cámara?
Poco: una cara. Sigo funcionando por impulso, no por plan. Basta con cruzarme con alguien que tenga esa mezcla de cansancio y dignidad que ya sé reconocer. No necesito barrio nuevo ni concepto cerrado, solo ese segundo en que sé que si no disparo ahora, esa persona y esa luz no van a repetirse.


Acerca del autor:

Sasha Asensio. Nacido en Brasil de padres asturianos, reside en España desde hace más de 25 años. Comenzó su carrera fotográfica a los 17 años en São Paulo, influenciado por su padre, Eduardo Asensio, reconocido pintor en el mundo del arte. Aborda núcleos urbanos y sus gentes como el Raval, NYC, Nápoles o Los Ángeles. Su fotografía sin barnices invita al pensamiento crítico y la reflexión sobre la condición humana en los límites impuestos.

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© 2019 Caption Magazine. ISSN 0716-0879