Matías Costa

Matías Costa

Por Nacho Izquierdo

Matías Costa es fotógrafo, escritor y el Comisario de la Fujikina 2026. Su trabajo ha sido reconocido internacionalmente con importantes premios, entre los que destacan el World Press Photo en dos ocasiones y PhotoEspaña.

Este año participas en Fujikina Madrid 2026 como comisario de las exposiciones. ¿Cómo afrontas un trabajo así dentro de un evento tan abierto y diverso?
Con mucho entusiasmo y también con atención y cuidado. Fujikina es un evento que convoca a fotógrafos muy distintos entre sí, con proyectos y miradas muy diversas, y eso es precisamente lo que lo hace interesante y también lo que plantea el reto curatorial más estimulante: encontrar un hilo que conecte todo sin forzarlo, que permita que cada autor respire con su propia personalidad y al mismo tiempo forme parte de algo mayor. En este caso, además, el comisariado incluye mi propia obra, lo que añade una capa de complejidad y también de honestidad que me interesa explorar. Lo afronto como una oportunidad única para proponer un diálogo alrededor de la fotografía.

¿Qué buscabas transmitir con la selección de autores y trabajos de esta edición?
Quería mostrar la diversidad real de lo que se está haciendo hoy en fotografía, pero no como un catálogo de estilos sino como una conversación entre miradas. Los autores que participan —Samuel Aranda, Estela de Castro, Toni Amengual, Álvaro Sanz, Nerea Garro y Alberto García-Alix— abordan desde ángulos muy distintos, temáticas que la fotografía ha tratado desde siempre: la identidad, el territorio, la familia, la cotidianidad, el retrato, la representación del poder. Lo que me interesaba era que esa diversidad no fuera ruido, sino que transmitiera algo sobre el momento crucial que vive la imagen hoy. Creo que lo hemos conseguido.

En tus proyectos aparecen constantemente conceptos como memoria, identidad y territorio. ¿Por qué vuelves una y otra vez a esos lugares?
Son los lugares donde vivo, aunque no siempre tenga a mano un mapa para encontrarlos. Mi trabajo nace de una necesidad muy personal: la de reconstruir una memoria fragmentada por múltiples naufragios vitales, los míos y los de mi familia, a lo largo de varias generaciones. Yo nací en Buenos Aires y tuve que emigrar a España siendo niño, expulsado por la dictadura. Mi familia viene de la Europa del Este, de Italia, de España. Esa condición de sentirse extraño y familiar en todas partes es la que define mi identidad, y también la que define mi fotografía. El territorio, para mí, no es un lugar de pertenencia sino de tránsito. Vuelvo a esos conceptos porque son los que llevo grabados en mi adn, mi carácter, mi forma de pensar y sentir.

¿Crees que vivimos un momento en el que se producen demasiadas imágenes y se observan demasiado poco?
Se observa de otra manera, hay sobreestimulación visual y la atención es efímera. Esto hace que nuestra relación con las imágenes hoy sea diferente. Pero creo que esto no es una amenaza, sino una consecuencia lógica de la democratización de la imagen, que en el fondo es algo positivo. Lo que ha ocurrido es que se han separado definitivamente dos tipos de imágenes: las que funcionan como mensaje, prueba o constatación —que se producen y se difunden desde el móvil con una existencia fugaz— y las que nacen con una intencionalidad que va más allá de ese uso y son susceptibles de funcionar como relato o creación, pudiendo trascender la pantalla y alcanzar otros soportes. El problema no es la cantidad, sino la confusión entre ambas. Mirar despacio es una elección que sigue estando a nuestro alcance, nadie nos obliga a dejar de observar. Lo que pasa es que hay que tomar la decisión y ser consecuente, eso implica renuncias y actitudes cotidianas.

¿Qué importancia tiene la edición dentro de un proyecto fotográfico?
Es fundamental, probablemente tan importante como la propia toma. Concibo una exposición, un libro, cualquier proyecto fotográfico, como una forma de relato, y como toda narración necesita de un hilo conductor y una coherencia que acompañe al espectador y le facilite la lectura. Lo que me interesa no es tanto la imagen individual —aunque muchas de mis fotos tienen una fuerte personalidad por sí mismas— sino la idea o emoción que resulta del vínculo entre imágenes. La fotografía es una disciplina que oculta más de lo que muestra y funciona mejor con la evocación que con la descripción. Editar es saber qué imágenes, cuando se asocian, alcanzan todo su potencial y llevan a una reflexión más compleja.

¿Qué te interesa especialmente de la fotografía contemporánea actual?
Creo que la fotografía hoy ha reencontrado un lugar propio que de alguna forma había perdido con la llegada de la imagen digital y los dispositivos móviles. Para ello ha tenido que explorar más allá de sus propios márgenes, invitar a dialogar a otras disciplinas, y desligarse definitivamente de aquel mandato de prueba de lo real que la ha acompañado desde el comienzo, últimamente más como estigma que como virtud. Hoy la fotografía se permite experimentar, jugar en los bordes, mezclarse, abordar temáticas de cualquier clase. Creo sinceramente que vive uno de sus mejores momentos desde su nacimiento.

Más allá de la estética, ¿qué valor encuentras a nivel técnico y de experiencia de uso en el sistema Fujifilm dentro de tu forma de trabajar?
Con Fujifilm llevo colaborando como fotógrafo desde hace mucho tiempo. Yo venía trabajando para mis proyectos con una cámara analógica de formato medio que me funcionaba muy bien para mi forma de fotografiar. Ninguna cámara digital de formato medio me convencía. Cuando salió la GFX, supe que había llegado el momento de cambiar. Es una cámara de una calidad extraordinaria que ya ofrece el aspecto del formato medio en sus imágenes pero sigue siendo ligera, discreta y ergonómica. Yo uso la GFS50R y estoy enamorado de esa cámara. Lo que más valoro en Fujifilm no es solo la tecnología —que es extraordinaria— sino la relación de la marca con los usuarios. Fujifilm se interesa genuinamente por lo que hacemos los creadores de imágenes, participa y colabora en iniciativas fotográficas de verdad, no solo aportando equipo sino interesándose por los procesos creativos.

¿Qué diferencia a un fotógrafo con voz propia de alguien que simplemente realiza buenas imágenes?
Creo que todos tenemos algo que contar, y es la honestidad con uno mismo y la decisión de entrega a tu propio camino y de renuncia a otras cosas más fáciles lo que marca ese recorrido de la formación de la propia voz. Una mirada personal no tiene por qué ser algo sobrecogedor, basta con que sea honesta y consecuente, original, que hable de sus propios temas, aunque solo le interesen a él/ella. Para mi, un buen trabajo fotográfico tiene que sacarte de tu propia forma de ver el mundo y prestarte otra por un rato. Hay un gran equívoco con la fotografía: como cualquiera puede hacer fotos, se tiende a pensar que es algo fácil y de asimilación ligera. Eso nos lleva a lecturas superficiales que no siempre dan el justo valor a una imagen. Un fotógrafo con voz propia es alguien que te obliga a mirar con sus ojos aunque sea unos minutos, y eso es algo que no se consigue solo con técnica ni con buenas ideas: es algo que se construye con tiempo, con honestidad y con mucho trabajo sobre uno mismo, lo que quiere contar y cómo lo quiere contar.

¿Cómo ves a las nuevas generaciones de fotógrafos que están empezando ahora?
Con mucha curiosidad y también con mucha admiración. Crecen en un entorno saturado de imágenes y sin embargo muchos de ellos tienen una claridad sobre lo que quieren contar que a mi generación nos costó mucho más encontrar. Han crecido sin el estigma de la fotografía como documento de lo real, lo que les da una libertad enorme para explorar. Lo que me preocupa, si acaso, es la velocidad: la presión por publicar, por tener presencia, por construir una imagen de uno mismo antes incluso de haber construido un trabajo sólido. Pero son los que vienen, y la fotografía está en buenas manos.

¿Qué relación mantienes con las redes sociales como espacio de difusión fotográfica?
Una relación de convivencia, diría. Las redes existen, tienen un alcance enorme y sería ingenuo ignorarlas. Pero tampoco me interesa vivir en ellas ni construir mi trabajo en función de lo que funciona ahí. Son un canal más, útil para difundir, para llegar a públicos que de otra forma no te encontrarían, pero el formato y la velocidad que imponen son difícilmente compatibles con el tipo de fotografía que me interesa hacer y ver.
Las redes sociales favorecen la imagen rápida, impactante, que funciona sola. Mi trabajo necesita contexto, tiempo, relaciones entre imágenes. Son lógicas distintas, y hay que saber en qué momento usas cada una.

¿Qué papel crees que juegan encuentros como Fujikina dentro de la comunidad fotográfica actual?
Un papel esencial, precisamente porque ofrecen lo que las redes no pueden dar: el encuentro real, la conversación, la posibilidad de ver el trabajo en el espacio físico que le corresponde. Fujikina es una experiencia expandida: exposiciones, conferencias, producto, encuentros… Todo junto, en un mismo lugar y durante un fin de semana. Eso genera una densidad de experiencias y de contactos que es muy difícil de reproducir de otra manera. Para la comunidad fotográfica, tener un espacio así es necesario. Para el público en general, es una oportunidad única de acercarse a la fotografía desde muchos ángulos a la vez.

Después de tantos años trabajando con imágenes, ¿qué sigue emocionándote de la fotografía?
Por mi personalidad y forma de trabajar, atravieso crisis creativas cada cierto tiempo, durante las cuales siento que pierdo interés o que la fotografía no es suficiente o que ya no tengo nada que decir con esa herramienta. Inequívocamente, encuentro algo, un hilo del que tirar, alguna foto que me apetece hacer o que encuentro, un proyecto, una forma nueva de mirar, aunque la variación sea mínima, algo que me ilusiona de nuevo y vuelvo a enamorarme de la fotografía. También es cierto que escribo casi tanto como fotografío, a veces más, y la conjunción de ambas disciplinas me da a día de hoy todo lo que necesito para seguir contando y contándome. Me sigue emocionando el proceso: el momento de trabajar con el archivo, de encontrar conexiones entre imágenes separadas en el tiempo, de construir un relato a partir de fragmentos. Mi trabajo es una constante revisión de cada momento vital, y esa forma de mirar hacia atrás para entender el presente es algo que no me cansa.


Acerca del autor:

Matías Costa
Buenos Aires, 1973. Fotógrafo, escritor y comisario. Actualmente es director de Leica Gallery Madrid, donde organiza la programación expositiva y curaduría de exposiciones de la galería. Su trabajo ha sido reconocido internacionalmente con importantes premios. Entre los que destacan el World Press Photo, Descubrimientos PhotoEspaña en su primera edición, Becas Leonardo de la Fundación BBVA, Premio Internacional de Fotografía Banca March, Beca de la Fundación La Caixa, Fondation Jean-Luc Lagardère y nominaciones al Prix Pictet y al Premio Gabo de la Fundación Gabriel García Márquez.
IG: costamatias
Web: www.matiascosta.com

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